El líquido teatral


Rubén García

La vida es sueño

Vuelve la Compañía Nacional de Teatro con su acostumbrada valentía, o pretenciosidad en el peor de los casos. Ahora nos presenta un montaje de La vida es sueño, la joya del Siglo de Oro que en su momento escribiera la mano virtuosa de Pedro Calderón de la Barca. Para darnos una idea, digamos que en términos de relevancia  histórica y cultural, este texto es para la literatura española más o menos lo que Hamlet de Shakespeare es para las letras inglesas. Llevarlo a escena es un desafío colosal puesto que la línea de la tradición y la de la innovación deben converger de manera armónica; cualquier exceso o vacío puede echar abajo meses de arduo trabajo. Este es el reto de los grandes clásicos del teatro que en ocasiones la CNT no ha logrado superar (basta con recordar Las preciosas ridículas que montó el año pasado bajo dirección de Octavio Michel), ¿será que en esta ocasión ha hecho una buena ejecución o se trata de una propuesta mal lograda e intrascendente?
La dirección está a cargo de Claudia Ríos, también dramaturga, actriz, docente e integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su trayectoria artística es larga y densa; la experiencia parece jugar a su favor, pues La vida es sueño presenta elementos teatrales bien integrados, pero no escapa a ciertos detalles imperdonables, como es la ridícula muerte de Clarín. ¿Por qué permitir que un mal trazo arruine la forma de lo que pudo ser un gran dibujo? No quiero minimizar los aciertos, ni las maravillosas propuestas que se efectuaron, pero cuando el trabajo demuestra que tenía el potencial y la capacidad de ser algo excepcional, es decepcionante ver tropiezos de ese tipo.
El aspecto actoral es un contraste de resultados brillantes y pálidos. David Lynn, como Astolfo, fue preciso, elocuente, sólido y palpable; un ejemplo de lo que es llevar la verdad a escena. Cecilia Ramírez Romo generó el impacto suficiente para creer en los deseos y sentimientos de una Rosaura enérgica, feroz y valiente. Fernando Huerta Zamacona, como Segismundo, nos sorprende con matices que llevan a lo sublime los momentos más introspectivos del personaje; imposible no sentir nada cuando entre penumbras y mirando al cenit el actor declama: «...que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son.» Así se llega al punto más profundo e indescriptible de la obra. Un momento mágico en el que el público se funde en una amalgama que incluye al actor y a su personaje, desaparecen las personas como individuos y permanece el género humano desnudo frente al universo, lleno de preguntas sobre la razón de su existencia. 
Mas no todo es color de rosas. Huerta recurre a un carácter forzado en los momentos en que su personaje se muestra consternado o gallardo, lo cual impide sentirlo o conectar con él. Cabe mencionar un desliz que para muchos pudo pasar desapercibido, pero por desgracia ocurrió durante uno de los versos más famosos y, en lo personal, más bonitos de la obra. Cuando Huerta declamaba el fragmento de «Ojos hidrópicos...» omitió unas cuantas líneas, hecho difícil de ignorar para quienes conocen dicho poema. Por último, lo más desagradable. Olaff Herrera hizo una interpretación de Clarín que no embonaba con el resto de la obra. Sabemos que se trata del personaje cómico, su función dentro del texto es divertir, pero no por ello debe ser interpretado de forma burda. Cada personaje debe ser auténtico, ya sea principal o secundario. Clarín, antes de morir, exclama palabras tan profundas en momentos de un valor similar a los del protagonista, por ello es una lástima que su deceso fuera tan ridículo e inverosímil. Este momento rompió con la verdad escénica de la obra.
En el terreno escenográfico todo funciona. Se usaron recursos mínimos y en algunos casos brillantemente ingeniosos para crear atmósferas, lugares y espacios. Incitan al espectador a participar con su imaginación en la creación de la ficción. A fin de cuentas, así es el teatro, necesita de su público para existir.
La vida es sueño es una oportunidad para liberar el alma de las diferencias sociales, económicas, políticas o de cualquier tipo, dejando expuesto el núcleo indescriptible de lo humano. Quien desee vivir la experiencia, lleva mi recomendación de antemano.
Su temporada tendrá lugar en la Sala Héctor Mendoza del 9 de enero al 23 de febrero. Jueves y viernes a las 20 hrs.; sábados, 19 hrs y domingos, 18 hrs. Entrada libre, cupo limitado. Tomar en cuenta que la obra es extensa (dos horas y media más intermedios).

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